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martes, 22 de diciembre de 2015

Los lances del Portichuelo

Tras el pronunciamiento liberal de 1820 comienza una nueva era de constitucionalismo en España, jurando Fernando VII a regañadiente la constitución de 1811.
Mientras tanto las potencias extranjeras ganadoras tras la guerras napoleónicas negociaron un nuevo orden internacional, donde vieron la necesidad de apoyarse entre sí ante el peligro que suponía el liberalismo, creando para ello la Santa Alianza.
En 1823 Fernando VII solicitó su ayuda para restablecer el absolutismo y en su apoyo se envió a los Cien mil hijos de San Luis, un gran y curtido ejercito francés dispuesto a ello. 
Comenzó así una cruenta guerra entre los liberalistas partidarios de la constitución y los realistas partidarios del absolutismo.
Los Cien Mil hijos de San Luis entraron en España apoyando a los realistas, oponiendo fuerte resistencia los liberales, pero conforme avanzaba el conflicto éstos últimos iban perdiendo posiciones y se fueron replegando hasta Cádiz, con el rey como rehén. Cádiz era una ciudad emblemática pues durante la guerra de la independencia fue la única que no fue conquistada por Napoleón. 
Los Cien Mil hijos de San Luis


Antes de que la ciudad de Valencia cayera en manos del ejercito francés su Milicia Nacional la abandonó con la consigna de defender Alicante, que era otra de las emblemáticas ciudades de liberalismo, quizás por su intensa vida comercial, al contrario que el resto de poblaciones de la provincia mas decantadas por la causa realista.
Pasaban los meses y el devenir de la guerra seguía sin ser favorable a los constitucionalistas y a mediados de julio de 1823 los realistas posicionados en Elche intentan crean un bloqueo sobre Alicante. No dudan en registrar todas las casas de campo de las partidas de Torrellano y El Altet, tomando todas las armas que allí se encontraban y prohibiendo a sus vecinos que entregasen o vendieran todo tipo de víveres a los sitiados, con la amenaza de las penas mas severas. Para dejar clara su intención varias partidas de soldados realistas recorrían regularmente dichas partidas imponiendo el miedo y el robo, como recogió la prensa “los facciosos robaron el 15 otro ganado en el partido llamado El Altet”  o como el 17 “en santa pola han robado a un labrador y arruinado su casa, llevándosele un ganado y las mulas de labranza”.
Ese mismo día 17 se informa de que en el ventorrillo de Torrellano se despliegan a 12 lanceros realistas, y como ya se encuentran 600 soldados en Elche.
La táctica de ambos contendientes era sencilla: rápidas salidas militares para hostigar al enemigo y vuelta a posiciones seguras. Aquello comenzó a parecer una correría de tropas entre Alicante y el resto de villas que la rodeaban en un tanteo de fuerzas.
Eso es lo que ocurrió el día 19 de julio, de Alicante salió una columna compuesta por 200 infantes y 12 caballos y se situó en lo alto del Portichol. La caballería bajó hasta el ventorrillo de Torrellano para hacer un reconocimiento pero al llegar hasta él fuero atacados por 16 lanceros realistas. Sorprendida la caballería por el ataque intentó subir hasta lo alto de la sierra, momento que se produjo una escaramuza. La infantería hizo fuego contra los lanceros matando a un caballo, siendo herido su jinete. Un jinete de la caballería liberal, al replegarse precipitadamente, cayó al suelo y fue hecho prisionero.
Al día siguiente volvió a ver otra correría. Unas partidas de  absolutistas llegan hasta el Barranco de las Ovejas, pero al salirle al paso las tropas del coronel Antonio Fernández de Bazán “se replegan los facciosos hacia el Portichuelo, donde una columna de infantería y caballería de ellos ocupaban las alturas sin esperar la batalla”. Una columna más sale de Alicante al mando de su gobernador Irribarren y al verlos los franceses se retiran siendo perseguidos hasta el aljibe de la legua. Finalmente los liberales optan por volver a la capital al no buscar batalla los absolutistas. Por la tarde de ese mismo día “volvieron los enemigos a situar una gran guardia en el Portichuelo”.
A principios de agosto llegan a Alicante por tierra la Milicia de Valencia, provenientes de Cartagena, escoltada por mar por siete faluchos y una polacra, al mando del intrépido y joven Joaquín de Pablo y Antón, alias “Chapalangarra”, nombrando comandante general de la provincia.
Los ataques, contraataques y repliegues no cesaban por ambos contendientes. Pero el día 16 de septiembre de 1823 se dio un importante golpe. De la villa de Elche salió la tropa francesa en una maniobra táctica dejando en la villa tropa realista nacional. Es el momento que aprovecha el comandante general De Pablos para enviar una columna compuesta por 2.500 infantes y 100 caballos. Entró en Elche por el camino de la ermita de San Antón y allí es cuando comienzan a enfrentarse a los realistas con dureza, incluso con atraques a la bayoneta, y al frente Chapalangarra con el grito de “!viva la constitución!”. Continuaron su entrada al pueblo donde eran atacados desde los tejados y ventanas de las casas, dejando atrás muertos en las calles logrando llegar al puente que une las dos orillas del rio y que es el camino de Orihuela a Valencia. Les fue imposible cruzarlo pues eran constantemente atacados por la artillería que disparaba a metralla, así que se decidió que un batallón cruzara el Vinalopó por la izquierda y ocupara el Arrabal.  

Chapalangarra


Una vez tomada la barriada los realistas abandonaron la artillería que impedía el paso por el puente, ocasión que aprovechó Chapalangarra para lanzar su caballería y “la dispersión se hizo entonces general, huyendo cobardemente, arrojando, para correr más, fusiles y cartucheras, y salvandose en la sierra”.
La perdida del enemigo fue de 60 muertos, pero el verdadero golpe fue el psicológico pues con el ataque se tomó por poco tiempo Elche, permitiendo a los liberales que se apoderasen de alimentos y material militar.
Se organizó un convoy de regreso a Alicante compuesto de 50 prisioneros, varias piezas de artillería, con sus tiros y municiones, 68 carros de trigo, 50 piezas de paño, 600 pantalones cortados, 100 fusiles, sables y cartucheras. A su entrada se escribió la siguiente crónica: “!Honor y gloria á las valientes tropas y gefes, que han sabido en quince horas, andar diez leguas pelear y triunfar!. Los libres son capaces de tanta heroicidad: para los esclavos solo hay afrenta y vilipendio”.
Sin embargo el devenir de la guerra fue demoledor para los constitucionalistas. Se fueron perdiendo importantes posiciones y finalmente se rindió la emblemática Cádiz, siendo liberado Fernando VII por los franceses el 1 de octubre.
A Alicante no le quedó mas remedio que capitular ante el comandante Vicent Foullon de Doué, y la Milicia Valenciana fue de “los últimos que en cumplimiento de nuestro juramento batallábamos en España”.
Chapalangarra huyó por mar a Gibraltar donde siguió su intensa actividad política y militar lo que le costó finalmente la vida en 1830 al entrar en España por Navarra para preparar un intento de sublevación.
Los milicianos se desarmaron y regresaron a sus hogares en Valencia, escoltados por el Regimiento número 4 francés, se les garantizó su condición de militares y un pasaporte, pero fueron represaliados y su bandera coronela fue condenada al destierro en la isla de Tabarca. Finalmente pudieron “abrazar á los padres, esposas é hijos” y 1834 fue entregada de nuevo la bandera a la valiente Milicia Valenciana.
Las ironías del destino llevaron a que Fernando VII no tuviera hijos varones y promulgara la Ley Sálica. Ello permitió reinar a su hija en perjuicio de su hermano, el infante don Carlos. Tras la muerte del monarca su esposa María Cristina se apoyó en los liberales para poder asegurar el trono de la futura Isabel II y esto dio un giro histórico a España, asegurando una monarquía constitucional y el fin definitivo del absolutismo.

Publicado en El Crisol


sábado, 1 de febrero de 2014

Lo i Brisó

LO I BRISÓ
En una ocasión alguien me relató una extraña historia que ocurrió hace mucho tiempo. En el Clot de Galvany existió una torre llamada Lo i Brisó que fue propiedad de una adinerada familia de Santa Pola. Por aquella zona también habían otras casas, todas ellas mucho más humildes, habitadas por labradores, donde el único agua potable de que disponían era el de los pozos, los alimentos que comían eran producidos por ellos mismos y la única luz que vieron era la del sol o la del candil. A pesar de ser una zona asilada y muy tranquila, todas las noches, cuando estas familias se iban a dormir, cerraban bien las puertas y ventanas. En ocasiones habían noches distintas a las demás, siempre noches de luna oscura, donde ya muy tarde se oían aterradores aullidos. Al oírlos los vecinos se inquietaban y nadie se atrevía a salir de casa, ni siquiera los hombres armados se atrevían a cruzar el umbral de sus casas. Había que esperar en las camas hasta el amanecer. 
La mencionada casa Brisón debe su nombre a su propietario Jaime Brisón quien la compró en 1711 a Salvador Gosalves y Francisca Esplá por 1030 libras y ya por aquella época fue una de las casas más importantes de la partida de los Balsares y especialmente del Clot de Galvany. 
 Finca Lo i Brisó (al fondo labrando con mula)
Poco sabemos de su propietario, debiendo de ser un oficial del estado mayor de artillería destacado en Alicante. Por su apellido podemos suponer que tenía un origen extranjero pues Brisón procede del Bryson británico o del Brisson francés. Posteriormente la finca perteneció a sus herederos y en 1779 a Mariano Aracil, Regidor Perpetuo de Jijona.
La casa estaba compuesta por una residencia, torre, una hermosa bodega y corral para el ganado. Además tenía una ermita que ciertos estudios arqueológicos recientes la sitúan al otro lado de la laguna de donde se encontraba la casa pero que los vecinos la conocieron situada a doscientos metros en dirección opuesta, hacia la sierra del Cabezó. Tras el terremoto de 1885 se derruyó la fachada de la casa que hubo de ser reconstruida.
En los primeros censos catastrales encontramos que la finca tenía dos tahúllas de olivos, seis de plantados, siete de viña y 607 tahúllas de tierra campa. Aparte de su aprovechamiento agrícola y ganadero durante el siglo XVIII se aprovecharon los grandes pinos que allí se encontraban para uso maderero. 
Como curiosidad contaré que debido a la frecuencia con que se llenaba de agua de lluvia el Clot de Galvañ se hacían intransitables los caminos que lo cruzaban. Por ello los propietarios de la casa tenían a su disposición una barca que les permitía cruzar de lado a lado la laguna en caso de inundaciones y así no quedar incomunicados con Alicante.
La vida de los labradores que vivían en el Clot de Galvany era muy sacrificada pues aquella zona era de secano y las únicas cosechas eran las de trigo y cebada exclusivamente cuando llovía. También había algún que otro olivo y algarrobo y una zona improductiva de saladar. Otro de los inconvenientes del Clot era que en los años de abundantes lluvias los vecinos se marchaban a vivir a otros lugares, especialmente al Cap, huyendo de las enfermedades relacionadas con el agua estancada como el paludismo. Cuando eran años secos se podían quedar en la casa del Clot.
Los labradores compraban lo que necesitaban en Santa Pola o en El Altet, y cuando la ocasión lo requería cogían el carro con la mula y se marchaban a Alicante a comprar otros artículos que habitualmente no se podían comprar en otros lugares. En verano salían hacia la capital rompiendo el amanecer pues se tardaba en carro dos horas y media la ida y la vuelta. 
Preparando las paellas
El lugar era una zona virgen donde lo único que abundaba era la naturaleza, se solía salir a recoger esparto, caracoles serranos, tomillo, rabo de gato, cantahueso, romero y demás bienes que da la sierra de Santa Pola.
En la década de los años 50 estas tierras cambian totalmente su fisonomía cuando pasan a ser de regadío. Este cambio da un gran impulso a los labradores pues les permiten cultivar hortalizas y otros cultivos teniendo la cosecha asegurada. Aquello les proporcionó un gran bienestar.
A comienzo de la década de los 60 la sociedad ETASA arrendó la finca de Lo i Brisó para cultivar tomates con el objetivo de exportarlos. Aquello revulsionó el Clot al cambiar la agricultura tradicional por una agricultura más intensiva y comercial.
Para terminar quisiera dedicar el presente artículo a Manuel Meléndez, quien en muchas ocasiones me regaló su compañía y su conversación, y al que siempre recordaré con agradecimiento y aprecio. En una de ellas me habló de esta casona. Recordaba como de pequeño su abuelo le contaba multitud de historias, como la de aquellos perros que aullaban de noche y que aterrorizaban a los niños y que no eran otra cosa que una señal que sólo los adultos sabían interpretar. Eran las noches de oscuridad total que aprovechaban los contrabandistas para descargar en la playa del Carabassi los fardos de sus barcas y transportar la mercancía ilegal por un camino hasta Lo i Brisó, así cuando los vecinos escuchaban aquel fantasmal aullido era la señal de que no debían de salir de casa para no ser testigos de nada, si es que no querían perder su vida.

Juan F Mollá

Publicado en el Crisol – Enero 2014

TORRE BRISÓ

*Posteriormente a la publicación, conforme se han estudiado los restos arqueológicos, la antigua ermita estaba en un lugar opuesto al indicado en mi artículo.


jueves, 2 de enero de 2014

La almazara de Lo Reus

En esta ocasión voy a reproducir un artículo que se publicó hace ya tiempo en la revista El Crisol donde se explica interesantes cosas sobre la Almazara que existía en Lo Reus.
Agradecer a Raúl Agulló su trabajo y dedicación.



jueves, 19 de diciembre de 2013

LOS SOLDADOS DE 1808


Los acontecimientos se precipitaron tras el levantamiento contra los franceses el 2 de mayo de 1808. Conocida la noticia en Elche se realizaron diversas proclamas patrióticas y vítores al legítimo Rey Fernando VII. El 28 de mayo se recibió un despacho de la Junta Suprema del Gobierno en el Reino de Valencia donde se da la noticia del levantamiento y se ordena que se practique el “alistamiento de vecinos desde los 16 á 40 años, que por el hecho de ser forzoso para la defensa de la Patria, debe ser voluntario y apetecido de todo buen Español”.
La junta de gobierno de Elche comenzó a organizar la defensa de la villa reforzando las fortificaciones, requisando alimentos y armas y creando un cuerpo de Milicias Urbanas y otro de Partidas Honradas de Guerrillas.
Inmediatamente comenzaron los alistamientos y antes de que éstos finalizaran se recibió la orden de partir hacia Almansa pues se temía que las tropas francesas destacadas en Castilla intentaran invadir por dicha población el Reino de Valencia. En primera instancia salió una división compuesta por solteros y viudos sin hijos, llegándose a enviar hasta cinco, y los casados se alistaron en compañías de reserva para la defensa de Elche y poblaciones vecinas.
Partido de More - Lo i More 1808 

Cuando las tropas ilicitanas llegaron a Almansa lo hacían con la intención de reforzar la segunda división del Ejército de Operaciones al mando del mariscal y comandante de la villa de Elche Pedro Buck y O´Donnell. Se formaron en la plaza del convento con el fin de “revisarla y desechar todos aquellos que fuesen de baja talla e inútiles por su debilidad, defectos y achaques”, no pudiéndose certificar el número exacto de soldados porque al día siguiente, antes de formar listas y cuando se entregaba el armamento, se recibió la inmediata orden de salida con destino a Puerto Cárcel.
Mientras tanto en Elche se armaba la Milicia Urbana y las Partidas Honradas de Guerrilla, compuestas en total por novecientos hombres aproximadamente. Igualmente se crearon escuadras en cada una de las partidas rurales. Don Leonardo Soler de Cornellá regaló a la Milicia la bandera que era de tafetán blanco, en el centro la imagen de Nuestra Señora de la Asunción, debajo las armas del monarca español y las de la villa, y en la parte inferior la inscripción “Milicias Urbanas de Elche”.
En varias ocasiones entró en estas tierras el ejército napoleónico, como ocurrió el 10 de junio de 1812 cuando los franceses tomaron Elche y exigieron que se les entregaran víveres bajo pena de vida y destrucción del pueblo. También exigieron a las autoridades un listado donde constara las veinticuatro personas más acaudaladas y de mayor rango social, las cuales fueron arrestadas en la casa consistorial.
Pero volviendo a los acontecimientos que siguieron al dos de mayo de 1808, decir que en aquellos turbulentos meses se confeccionaron varios listados de  alistamientos. Dos de ellos eran una relación de nombres ordenados por calles y partidas rurales donde encontramos que en uno de ellos habían 80 nombres de Torrellano, y en otro 29.
Pero encontramos un tercer listado que se realizó los días uno, dos y tres de junio de 1808, momento en que varios escribanos registraban los voluntarios haciéndose constar su nombre completo, nombre de los padres, estado civil, edad y el lugar de procedencia. Es aquí donde podemos ver por primera vez escrito el topónimo Partido de More, lugar de donde algunos de estos voluntarios dijeron ser, al igual que otro que dijo ser del Portichuelo.
Batalla de Castalla

La mencionada relación  comienza con una proclama que dice: "Alistamiento voluntario que hacen los vecinos y abitantes de esta villa su universidad de San Juan y acimismo para el servicio de la Patria y exercito Valenciano" donde se inscribían por orden de presentación.  En aquellos días fueron 39 los hombres y muchachos de Torrellano que se alistaron para combatir a la Gran Armée, teniendo éstos una edad media de 20 años, los mas jóvenes tenían 16 años y el mayor de todos era un viudo sin hijos de 31 años. Entre los que se alistaron se encontraban siete parejas de hermanos, incluso hubo tres hermanos de una misma familia.
Seguramente el nueve de junio nuestros protagonistas salieron con dirección a Almansa integrados en la tercera división ilicitana, dirigidos por el alférez retirado Don Jerónimo Gines y por Don José Meléndez.
Y esta fue la gran aportación que hicieron los torrellanenses para la liberación de España de la invasión napoleónica. Fue una aportación nada desdeñable porque era lo más valioso que tenían las familias, sus hijos, cosa que debemos de reconocer, agradecer, y también sentirnos orgullosos de aquellos generosos hombres cuya labor quedó escrita para siempre.

Juan Francisco Mollá Agulló
Publicado en el Llibret de Festes de la Purísima 2013



LISTADO DE VOLUNTARIOS DE TORRELLANO EN 1808:

ANTONIO PIÑOL MORANT 22  años
MANUEL GONZALEZ TORRES 25 años
JACINTO BAÑULS VALERO 24 años
FRANCISCO AGULLO SEMPERE 18 años
PEDRO AGULLO SEMPERE 22 años
JOSE ALONSO LLOPES 16 años
GINES BAÑULS VALERO 31 años VIUDO
JOSE BAÑULS VALERO 21 años
JOSE GONZALEZ AMOROS? 18 años
VICENTE BROTONS AGULLO 17 años
GERONIMO BROTONS AGULLO 27 años
JOAQUIN BROTONS RUIZ 18 años
GINES SOLER VICENTE 18 años
JOSE BROTONS ALAMO 16 años
JULIO SEMPERE MACIÁ 16 años
JOSE SEMPERE MACIÁ 18 años
GINES CANDELA SEGARRA 18
INGIL? SEMPERE SEMPERE 26 años
PANGIL? SEMPERE SEMPERE 17 años
BLAS SEMPERE POMARES 18 años
FRANCISCO PEREZ SANCHEZ 17 años
JOSE ESCLAPEZ MARS? TORRELLANO? 20 años
DOMINGO CAVALLERO CAÑA 16 años de CAMPILLO DE ALTO BUEY (CUENCA)
ANTONIO QUILES PERAL 24 años
JAIME QUILES PERAL 22 años
FRANCISCO JAEN MACIÁ 25 años
SALVADOR RUIZ GONZALVEZ 20 años
JOSE BLASCO NAVARRO 24 años
FRANCISCO RUIZ GONZALVEZ 18 años
ANTONIO SELVA TARI 21 años
JOSE RUIZ GONZALVEZ 16 años
GINES ALMELA IRLES 17 años
VICENTE SEGARRA PIÑOL 17 años
ANTONIO SEMPERE SANCHEZ 17 años
FRANCISCO SANCHEZ TARÍ? 24 años
ANTONIO SEGARRA PIÑOL 22 años
JOSE SANCHEZ PIÑOL 17 años
ANTONIO SEMPERE MAS 21 años
GASPAR GONZALVEZ VALERO 17 años



martes, 2 de julio de 2013

Jaume y su informador



Las autoridades le tenían tal rencor, que tras ser ejecutado públicamente en la horca el día 5 de julio de 1824, su cuerpo fue hábilmente descuartizado por su verdugo. Su cabeza, sus manos y sus pies fueron fritos en aceite hirviendo, posteriormente para advertencia a los futuros seguidores su cabeza fue introducida en una jaula y expuesta en la plaza mayor de Crevillente, su pueblo natal. Lo mismo ocurrió con las restantes extremidades, la mano izquierda fue a parar a la esquina de la cárcel de Jumilla y la jaula del pie izquierdo fue expuesta en el camino de Aspe a Elche.
En ese preciso instante el bandolero Jayme Alonso “El Barbudo”, también conocido en esta zona como Jaume “El de la Serra”, dejó de ser un turbio individuo para pasar a ser una verdadera leyenda, confundiéndose con el tiempo los hechos reales con la imaginación popular. El pueblo llano idealizó y ensalzó su figura al ver reflejada en ella todas una cada una de las injusticias de la época.


Jaume "El de la Serra"

Siendo de origen muy humilde se vio obligado a echarse al monte y dedicarse al bandolerismo por una injusticia,  pues cuentan que en 1806, estando vigilando unas viñas en Catral,  sorprendió a un hombre llamado el “Zurdo” que pretendía robar unos racimos uvas. Con él entabla una fuerte discusión que acaba en pelea y matando, como consecuencia, al "Zurdo". Tras este hecho, desconfiando de la  justicia, se echó a la sierra para siempre, dedicándose al robo y a la extorsión de ricos y acaudalados pero también ayudando a los mas pobres y menesterosos.
Jayme Alonso llevaba unas pobladas patillas de pelo negro, por ello se le apelaba "el Barbut", siempre vestido con el típico atuendo valenciano de chaleco de pana, zaragüells cortos y listados, faja de lana, media azul alta, alpargatas con cintas larguísimas, pañuelo oscuro para la cabeza y una manta rayada. Además llevaba consigo otra prenda que le protegía, un rosario que siempre colgaba de su cuello. Era un devoto cristiano, tanto que antes de comenzar cualquier importante operación iba junto con todos sus hombres a cualquier ermita, iglesia o monasterio a rezar por sus almas, donando dinero a frailes y párrocos, entregando cuantiosas cantidades en limosnas,  por lo cual era muy querido y apreciado, si bien también era una forma de intentar arreglar en la tierra las cuentas ante Dios.
Durante la invasión napoleónica de España se convirtió en un patriótico guerrillero destruyendo convoyes franceses, atacando a las tropas e interceptando correos. Pero tras la victoria volvió a su oficio con una sobrecogedora banda de forajidos: Pascualeta, Caga Doblones, el Busá, Furó, Marrana, Bavoset, Manró, el Brosos, y muchos mas. Tenía como territorio un área muy extensa que iba desde la murciana Sierra de la Pila, El Carche, a la Sierra de Crevillente, Elche, la Vega Baja, teniendo como centro y refugio el Hondón de los Frailes, zona que conocía como la palma de su mano, cada cueva, cada casa, cada árbol, por algo fue pastor en Crevillente. Por Torrellano también pasó haciendo de las suyas, parada y fonda.
Lo que le hizo sobrevivir tanto tiempo fue su capacidad organizativa, creando una extensa red de espías y confidentes (entre ellos funcionarios) que le informaban de todo lo que acontecía en su territorio, recibiendo dinero a cambio, pero es que incluso en ocasiones el informante era un pueblo entero, por ello se lo agradecía a todos sus vecinos, como el día de Resurrección de 1821 que distribuyó 20.000 pesos entre los crevillentinos, y se permitía el lujo que pagar los impuestos al menos a cinco pueblos de la zona. Con esa ayuda siempre actuaba de forma segura siendo informado de todo, no sólo de palabra sino con ayuda de señales convenidas de todo tipo, fogatas, rayas en las rocas, coloridos trapos en los árboles, etc...
El gobierno liberal de la época no se podía permitir que gente de esa calaña dominara un territorio, poniendo todos lo medios disponibles para atraparlo, tras denegar su indulto. Eran tiempos de enfrentamiento entre el liberalismo y el absolutismo y el escurridizo Jaime se decanta por éste último bando realista, defendiendo a Fernando VII. Entrar en política fue su gran error. Perseguido y acosado por los alguaciles y las tropas liberales es cuando actúa de forma militar entrando en varias poblaciones dando vítores a favor del rey Fernando, liberando a todos los presos de las cárceles y destruyendo las lápidas constitucionales.
Tras la victoria de Fernando VII como rey absolutista Jaime es indultado con el grado militar de sargento primero, pero en 1824 es llamado al Ayuntamiento de Murcia para recibir órdenes, momento que aprovechan para atraparlo y acusarlo de asesinato. Todo apunta a que los que ahora ostentaban el poder no querían que se les relacionara con gente de esa condición, siendo un aliado molesto que había que eliminar.
No cabe duda de que era un hombre muy inteligente y astuto, pues por mas medios que utilizaron para atraparlo jamás lo pudieron hacer, y fue él quien compareció voluntariamente, siendo todo un fraude, sin duda en su entrega pesó más las ganas de querer vivir decentemente que el recelo a ser engañado.
Varios episodios de su paso por Torrellano han quedado reflejados en la literatura de la época, especialmente en el extenso libro escrito por Francisco de Sales Mayo, publicado en 1868, en el que narra las peripecias de nuestro personaje.
En el libro cuenta que uno de los golpes más atrevidos lo realizó tras la feria del día 15 de agosto en Elche, todos los feriantes alicantinos fueron dejando sus puestos, y con breves intervalos fueron saliendo de la población camino hacia Alicante, cuando "antes de llegar al Portichuelo, donde está el ventorrillo del tio Perico", se veían detenidos y robados uno tras otro, y un poco más allá del ventorrillo los maniataban.
Pero el capitulo que voy a contar muestra muchos aspectos de su forma de actuar y narra como en el mencionado ventorrillo del Portichuelo estaba regentado por un ventero que formaba parte de su red de informadores, y que, por una convenida suma de dinero, le indicaba cualquier posible víctima que estuviera de paso por el lugar o si se encontraban por la zona cuadrillas de alguaciles.
El caso es que nuestro ventero puso en relaciones al ordinario Francisco Candela, un bonachón y comunicativo carretero, que se dedicaba a transportar mercaderías de todo tipo, con nuestro Jaime que se hacía pasar por un amable hombre que se dirigía a la capital para heredar una importantísima suma de dinero.
Cuando Francisco Candela se enteró de ello inmediatamente vio el posible negocio de transportar el dinero de la herencia del desconocido así que le sugirió que era "el ordinario de quien más se vale el comercio por mi exactitud y buen acomodo que doy a los fardos ... con que si tiene que transportar lo que herede ..." "a nadie más que a mi fía el comercio de Alicante las talegas que hay que conducir".
Jaime Alonso al confirmar la buena presa que era tendió las redes: "tráiganos unas buenas magras con tomate, unos huevos fritos, y un jarro de vino". El cómplice ventero se apresuró a servir lo pedido y en especial un vinillo de la tierra que se subía presto a la cabeza.
Comenzó a liar al ordinario Candela que ya tenía los ojos turbios por el espirituoso vinillo:
- No, nadie nos oye, amigo Candela ... ¿qué dice que lleva?...
- Cinco mil duros en onzas y doblillas de oro ... en esa galera que habrá visto a la entrada.
- No, no he reparado,  - dijo con estudiada indiferencia Jaime.
- Y pasado mañana pienso hacer entrega en Murcia, pues haré antes noche en Orihuela.
- ¿Y no tiene miedo a ladrones, señor Candela?
- ¡Miedo! ... No.
- ¿No ha oído hablar de la partida de Jaime el Barbudo?
- Si, parece que en el Estrecho de las Silenetas robó hace un mes a los trajeneros; pero no hizo daño a nadie, y desde entonces acá no se sabe que haya vuelto a salir al camino.
- Sin embargo, sin embargo, bueno es precaverse, señor Candela.
- ¡Oh! ¡oh! aun cuando me salgan alguna vez ladrones ... como no se habían de llevar la galera, no importa que me la registren toda, señor mio.
- Pues, ¿y lo bultos y fardos, señor Candela?
- ¡Ja! ¡ja! -respondió con risa de borracho el carretero-  los llevo de apariencia con habichuelas y arroz, y me sirven para disimular el escondite donde van los sacos de dinero.
- Pero eso no lo debiera decir a nadie, amigo Candela.
- ¡Ah! Ya lo creo; pero Vd. es un amigo ...
- No hay que fiarse ... el mejor amigo la pega ... ¿no bebe, señor Candela? ... vaya otro traguito ...
Francisco Candela recogió tal melopea que se fue a dormir su espirituosa cena momento que aprovecho el Barbudo para montar su jaca siendo las once y recorrió las tres leguas que dista el ventorrillo del Portichol a Crevillente donde llegó a la una, dejó su cabalgadura y desde allí se dirigió hasta el Hondón de los Frailes que dista otras tres leguas, teniendo a las cuatro de la madrugada dispuestos todos sus hombres para entrar en acción.
Se dirigieron al barranco del Cachaf, por donde pasa el camino que va de Elche a Albatera, lugar escogido para el encuentro con el carretero.
A las nueve de la mañana apareció un carretero con su galera saliéndole al paso las bocas de carabina de Manró y Pascualeta.
- Para, o eres muerto -le ordenaron-
Pero se dieron cuenta que no era la victima que esperaban, era otro carretero llamado José Serrano, al que le robaron rápidamente veinte duros.
- ¿Lleva algo más para concluir su viaje?
- Unos pocos reales en cuartos, señor.
- Está bien. No tenga miedo, buen hombre. Retírese con su carro al lado del puentecillo, y aguarde a que le de permiso para proseguir adelante.
Seguidamente aparecieron una familia de ciegos pidiendo limosna, tres hombres, una mujer con un niño y un lazarillo.
- Compadézcanse, buenas gentes de estos pobrecitos ciegos: dos hermanos somos ciegos de nacimiento ... que no lo podemos ganar. La Virgen del Rosario les conserve la vista, hermanitos.
- ¡La Virgen del Rosario! -exclamó el Barbudo- tenéis razón, pobres ciegos, en implorar a la Virgen del Rosario; ella lo puede todo.
Y uno de los mendigos se puso a rezar la Salve.
Jaime se descubrió la cabeza, lo demás bandidos le imitaron.
Les entregó una limosna y los ciegos lanzaron una bendición a Jaime.
Pronto apareció Francisco Candela y le salió al paso el Bandido:
- ¡Oh! ¡Oh! Amigo Candela - le saludó Jaime- ¿como se ha pasado la noche?
- Así, así, señor mio. Me dormí algo bebido ... y he despertado tarde soñando horriblemente... yo le hacía a Vd. camino de Alicante.
- No, amigo Candela; como mi propósito era recoger una herencia, he venido aquí a recogerla.
- ¡Aquí! ... ¿y aquellos diez mil duros de que me hablaba?
- No son diez mil, sino cinco mil, amigo mio.
- ¡Cinco mil! ¡Sólo la mitad! ¡y aquí, y no en Alicante!
- Me parece que va adivinando, amigo Candela... que debe de ver ya claro donde están los cinco mil duros de mi herencia.


Francisco Candela se quedó estupefacto, y pronto Martellé le apuntaba con su pistola el pecho, sugiriéndole amablemente que sacara de la galera los cinco mil duros en onzas y doblillas de oro.
El carretero, apurado, le manifestó a Jaime que los comerciantes de Alicante le habían confiado ese dinero y que creerían que lo habría robado él.
Pero el Bandido perfecto conocedor de la burocracia le dijo que no se apurase, que le haría un recibo para que constataran que no se había guardado nada de dinero, recibo que iría firmado por el mismísimo Jaime el Barbudo.
Pascualeta antes de marcharse, como tenían convenido, dijo en voz alta, para que lo oyeran los dos ordinarios, que la banda se iba a San Felipe Neri a almorzar y que harían noche en San Fulgencio, todo ello con el fin de que cuando los asaltados informaran a las autoridades, estas fueran en su persecución en dirección opuesta a la que realmente fueron.
Y esta ha sido una pequeñísima muestra de su azarosa vida, pero antes de acabar quisiera extraer del mencionado libro un último párrafo que dice: "El hecho no hará honor a nuestra administración ni a nuestra justicia; pero desgraciadamente es un hecho que no fue peculiar sólo a las provincias de Alicante y Murcia, sino general a todas las de la Península. Sería un falso patriotismo querer negar que desde muy antiguo el cáncer que corroe a la sociedad española es la concusión y la venalidad en los funcionarios públicos". Como vemos poco hemos avanzado desde 1868.
Está claro que la figura de Jaime Alonso fue ensalzada más de la cuenta, convirtiéndose en un mito, y con el paso del tiempo seguramente la leyenda poco se parecería a la realidad, pero pienso que las viejas historias algo de verdad encierran cuando ha quedado reconocido de esa manera. Esa es la gran diferencia entre nuestro personaje y otros encorbatados bandoleros, él actuaba como un animal acorralado, por supervivencia, pero también ayudando a los grandes necesitados de la época, y esto nada se parece a aquellos que se enriquecieron de forma vergonzante aprovechando sus cargos públicos, robando sin tener una pizca de moralidad ni saber siquiera que era una limosna. Este es el motivo por el cual Jaume "El de la Serra" pasó a la historia, porque ayudó a los más humildes y por tanto es merecedor de ser recordado mientras se sirven unas magras con tomate, unos huevos fritos y un buen vaso de vino de Hondón de los Frailes.

Juan Francisco Mollá



Publicado en el Llibret de Fiestas de Torrellano de 2013

domingo, 9 de diciembre de 2012

El mercado de los desesperados




Cuando mi abuelo Juan Agulló era niño, su abuelo le contaba una terrible y sobrecogedora historia sobre un hombre enfermo que, viajando por el camino viejo de Alicante a Elche, murió en el trayecto, muy cerca de la casa de los peones camineros de Torrellano. Contaba cómo tuvieron que cavar apresuradamente un gran hoyo bajo un algarrobo que estaba junto al camino, para poder enterrarlo allí, sin conocer si quiera su nombre.
Durante el siglo XIX Alicante y Elche sufrieron varias devastadoras epidemias, pero la peor de todas ellas fue la fiebre amarilla, mas conocida como vómito negro. Ésta era una exótica enfermedad proveniente del trópico, desconocida hasta la fecha en España, no sabiendo los médicos como enfrentarse a ella.
La enfermedad la transmitía un mosquito y sus síntomas eran en un primer momento nauseas, cefalea y fiebre muy alta, pasando a la fase tóxica con ictericia, vómito de sangre coagulada, fallo renal o hepático, coma y muerte.
Cuando se declaraba la enfermedad las autoridades impotentes sólo podían tomar dos medidas: la primera que se creara un estricto cordón sanitario donde ni la población ni las mercancías pudieran salir de la ciudad y así evitar que la enfermedad se propagara a otros pueblos, y la segunda encomendarse a Dios.

"Episodio de Fiebre Amarilla" - Juan Manuel Blanes
En julio de 1804, en Alicante, se declaró la enfermedad. Inmediatamente el gobierno de Godoy ordenó un fuerte cordón sanitario a la ciudad encomendando tal misión al mariscal Pedro Buck y O´Donell al mando del regimiento América, quien puso su puesto de mando en Elche. Cerró la ciudad a cal y canto delimitando el municipio clavando estacas unidas por cuerdas y construyendo unas barracas equidistantes donde se desplegaron los soldados. Nadie ni nada podía salir de la ciudad sin la vigilancia oportuna, incluso las cartas del gobernador de Alicante, José Betegón, dirigidas al responsable del cordón, eran desinfectadas.
Las consecuencias de estar cerrada la ciudad eran terribles, aquello pasaba a ser un campo de confinamiento, toda actividad económica se paralizaba, no había dinero, no entraba comida, sólo cabía esperar a que los enfermos tuvieran que morir y cuando dejaran de hacerlo esperar una larga cuarentena. Algunos morían simplemente de hambre.
La entrada de vivieres se producía a través de tres únicos mercados autorizados donde vecinos y feriantes acudían para comerciar, siendo el mas problemático de todos ellos el situado en el Portichol de Torrellano. Allí acudían gran cantidad de comerciantes y labradores de la zona que con sus paradas, carros, galeras, mercancías, mulas y asnos atados a los algarrobos formaban un caótico campamento, y por el lado alicantino acudían los enfermos y famélicos compradores. Entre medio los militares que guardaban el cordón sanitario “de modo que los vendedores y compradores no tengan roce y haciéndose pasar por vinagre el dinero”.
También acudían multitud de curiosos “porque por aquí son de tal especie que si se les dejara, todos irían a ver los contagiados” “los tengo por unos barbaros y protectores de todos los males” expresaba el mariscal en su correspondencia.
Los comerciantes, aprovechándose de las grandes necesidades de los alicantinos, solían estafarlos, lo que provocaba gritos e insultos mutuos. Se dió el caso de que un alicantino cansado de las tretas de los labradores se abalanzó sobre un vendedor de granadas con el que consiguió tener contacto físico diciéndole: “ahora seremos iguales”.
 En ocasiones los pobres hambrientos se abalanzaban sobre los puestos de comida lo que provocaba graves disturbios que los soldados no dudaban en poner cruelmente en orden a base de culatazos de fusil. Algunos vecinos lograban escapar, como José García, quien fue encontrado por los húsares del Numancia a media legua de Elche, “pasándolo por las armas” por “desertor del lazareto”.
Los militares vivían en el lado alicantino y pasaban parecidas penurias que ellos “los soldados del cordón inmediato a la costa carecen de pan y de todo sustento” y pedían ayuda a los ilicitanos pues “no se les puede enviar cosa alguna” desde Alicante. Esto provocó alguna deserción y también que cometieran excesos de toda índole “tengo cada día quejas del Sargento de América en el Portichuelo, que de nada hace caso y permite que vayan a la inmediación de los guardas del mercado caballerías, coches y mujeres con quien se divierte” “allí crea V.S. que se necesita un hombre de bigotes”, escribió el curtido militar. Para colmo del caos la tropa no conocía la lengua de los vecinos –el valenciano-, lo que provocaba problemas de comunicación, por lo que finalmente se decidió poner al mando del Portichuelo un hombre de plena confianza de Buck y “sabedor de la lengua del país”.
A las 9 de la mañana del 25 de enero de 1805 se reunieron en la casa de Vicente Llacer, situada muy cerca del Portichol, Pedro Buck y el gobernador de Alicante donde se trató el modo que al día siguiente debía de abrirse la ciudad, el puerto y la fábrica de cigarros.
En el verano de 1811 la fiebre amarilla atacó Elche. Dejando de lado el mosquito que contagia la enfermedad, la culpable de todo aquel horror fue la ignorancia, pero no la del desconocimiento, otra peor, la de pensar saber mas que los sabios.

Cuando todo comenzó se tenía conocimiento de que la enfermedad estaba causando estragos en Cartagena, por ello todas las poblaciones tomaron medidas como la de no dejar entrar al que procediera de dicho lugar. Un regimiento de catalanes procedente de aquella ciudad llegó a Elche y solicitó su entrada, pero conociendo su procedencia fue denegada, y el regimiento continuó su marcha hacia Alicante donde tambien se le negó la entrada. Los soldados volvieron sobre sus pasos y solicitaron de nuevo a las autoridades ilicitanas su entrada, algunos se negaron en rotundo como el doctor Vicente Mira, pero los militares finalmente les convencieron para que les dejaran pernoctar, sin saber la desgracia que iban a producir. A los tres días cayó enfermo un oficial y un soldado, el primero murió en la casa de quien le alojaba y el segundo en el hospital, posteriormente los moradores de las casas donde se alojaron cayeron enfermos, a lo que llamaron al médico Diego Navarro quien diagnosticó: fiebre amarilla y de la "refinada".
Se acercaban las fiestas de agosto y la Junta de Sanidad no se atrevía a tomar serias medidas para atajar el problema y que llevarían consigo el consiguiente cordón sanitario, pero el doctor Navarro insistió en que se suspendieran las fiestas por el peligro que existía de propagación de la enfermedad. No le prestaron la atención debida, e incluso se vio obligado a correr por las calles para poder zafarse de un enfurecido gentío que, por su propuesta de suspensión de las fiestas, estaba muy dispuesto a darle una paliza por ello.
Finalmente se celebraron las fiestas de la Asunción y mucha gente de fuera acudió a verla, llegaron alicantinos, pero al terminar la función y al regresar a su ciudad se encontraron con que sus convecinos les habían cerraron las murallas y no les dejaron entrar por venir de Elche.
Las autoridades organizaron precipitadamente una serie de lazaretos y hospitales para atender a los enfermos. Se ordenó que en todas las casas que hubieran enfermos se pusieran guardias, pero como éstos eran gentes muy pobres comían en las mismas casas de los enfermos, se contagiaban igualmente de la enfermedad.  Se impuso la pena de muerte a quien ocultase a un enfermo o no diera parte de ello. Morían diariamente doscientas personas, llegando a días de  cuatrocientas.
Por las mañanas el responsable de los enterradores recibía el parte diario de fallecidos y marcaba la ruta a seguir por la villa. Iban con tres carros presentándose en las casas y cuando tenían el carro lleno de cadáveres los llevaban a un solar cerca del pueblo, pues el antiguo cementerio estaba lleno. Al llegar descargaban los difuntos y los enterraban en unas zanjas destinadas al efecto. Con el paso del tiempo ese solar se convirtió en el que hoy conocemos como el cementerio viejo de Elche. Los sepultureros no daban abasto así que se decidió liberar 38 presos de la cárcel para que se encargaran de ese trabajo.
Cada día habían mas muertos, todos los médicos de la villa murieron así que enviaron de Valencia seis doctores. Todos ellos murieron. Se volvieron a enviar otros ocho médicos de la misma ciudad y de estos sólo sobrevivieron tres. De los treinta y ocho presos liberados sólo quedaron dos vivos. También fallecieron dieciséis sacerdotes, seis sacristanes, diecisiete frailes, cinco monjas, cinco individuos del Ayuntamiento, ocho alguaciles y doce caballeros y abogados. El que llevaba el registro de fallecidos cayó enfermo así que se nombraron dos nuevos, uno de los cuales no sabía ni leer ni escribir por lo que cuando le tocaba su turno hacía una raya en el libro registro para saber el número de fallecidos, de tal forma que mucha gente murió sin que quedara constancia de sus nombres y muchas familias enteras perecieron sin que nadie diera parte de ello, "escenas horrorosas se veían por todas partes".   
Ya nadie murió el día 27 de noviembre de 1811, asi que se impuso cuarentena al pueblo y unos días antes de que finalizase se mando que por la noche paseasen por las calles Elche los ganados de su término y se fumigaran todas las casas e iglesias, "es tanta la miseria que no puede verse sin dolor la multitud de huérfanos que hay por las calles pidiendo limosna para no perecer de hambre, sin encontrarse quien pueda socorrerles" no habiendo dinero para poder "cerrar de pared el territorio donde se han sepultado los contagiados, acabar de cubrir sus zanjas, blanquear el cuartel, emplomar las sepulturas donde se han enterrado con contagiados y otros objetos de sanidad, y nada de ello se ha podido realizar hasta ahora por falta de fondos, por haberse consumido en los gastos del contagio todos los públicos y privados, y lo que es más, no hay trigo alguno en este pueblo y su término; ni arroz, bacalao ni demás especies de primera necesidad, ni se puede pasar a otros términos a buscarles por la circunstancia de estar aún acordonados". Se calculó que murieron once mil personas quedando reducida la población a menos de la mitad, la mayor mortandad que se recuerda en la historia de Elche.

Todo lo explicado nos da una clara idea de que una serie de malas decisiones y de despropósitos llevaron al desastre pues si al comienzo se hubieran tomado estrictas medidas, quizás, se hubieran salvado muchas vidas.  
Varias décadas después, en 1870, Alicante volvió a ser azotada por la misma enfermedad. Afortunadamente los tiempos habían cambiado y la medicina había evolucionado.
En Elche hubo miedo a que la enfermedad atacara de nuevo al término municipal y al haber aprendido la dura lección del pasado se pudo evitar cometer los mismos errores. Así que en junta extraordinaria de fecha 10 de octubre de 1870, se tomaron una serie de medidas para evitar la enfermedad ordenando instalar un Lazareto lo mas alejado posible de Elche, concretamente en Torrellano.
Muchas familias huirían para escapar de la epidemia encaminándose por diversos caminos. Los que tomaron dirección a Elche, al cruzar el Portichol, se encontrarían con el Lazareto habilitado al efecto que era "un centro de precaución y vigilancia para impedir que se internen en esta villa las proredemias de Alicante ó de otro punto infectado sin haber sufrido antes los cinco días de rigurosa observación en el Lazareto" y no un inhumano “cordón sanitario como erróneamente se pretende”. 
Para obligar a los refugiados a permanecer confinados en dicho lugar se nombraron varios vigilantes que tenían la obligación de aplicar las medidas tomadas por la Junta de Sanidad "con mas rigor si es posible".  El problema es que hubo quejas por el celo de dichos vigilantes, incluso se dijo que "algun individuo de dicha vigilancia se ha ejercido alguna coacción o atropello" rogándose "proceder a averiguarlo, á fin de que se le imponga el oportuno correctivo". Pero las autoridades seguían temiendo que se colara la enfermedad por otro camino distinto al nombrado, tomando la decisión de "que se cubra con seis hombres el punto ó camino de las Vallongas por donde es facil se introduzcan personas ó familias sin la previa observación conveniente".  Parece que hubo resultado y en esta ocasión Elche no se contagió.
Desconozco si aquella historia contada a mi abuelo tuvo algo que ver con alguna de las muchas epidemias que azotaron la zona durante el siglo XIX, pero pienso que, en ocasiones, las viejas narraciones que han pasado oralmente de generación en generación tienen, en el fondo, algo de cierto y merece la pena indagar en ellas para, en su caso, descubrir los motivos, las consecuencias o incluso la identidad misma de aquel pobre hombre que un día fue enterrado y abandonado en el olvido. 

Juan Francisco Mollá Agulló

Artículo publicado en El Crisol   01/12/2012